Miro y observo. Miro cómo te limpias las ropas y las manos, la alfombra y el escritorio, de sangre y tinta para impresión; cómo ordenas los papeles y botas los que quedaron manchados; cómo jalas el cuerpo desde el centro del cuarto hasta la silla detrás de la mesita, a un lado de la computadora. Observo cómo te deshaces del arma homicida, sólo lo limpias con alcohol y detergente, lo vuelves a poner con los demás cuchillos y asunto arreglado.
Oigo y escucho. Oigo tu voz, al celular, diciendo dónde estás para que vengan por ti; maldices muchas veces a tu interlocutor, le explicas varias veces la dirección. Escucho cómo planeas que harás para recuperar todo el dinero que te estafó el muerto, cómo llamarás y qué dirás a la policía y si por alguna razón encuentran algún indicio de que fuiste tú el asesino, cómo declararás que fue por venganza.
Estar y ser. Estoy en la escena del crimen, dónde asesinaron a un magnate, hombre de negocios, dueño del mundo y soy un simple adorno, encima de su escritorio. Ojalá alguien, alguna vez, se interesara por lo que nosotros tenemos para decir. Bueno, lo olvidaba, no podemos hablar. Ni modo.
Estos días ando de una oreja con todo.. pero no dejo este espacio olvidado... iré colgando algunos cuentos, hasta que tenga el tiempo de sentarme y relatarles sobre los acontecimientos recientes :)
El asesinato había ocurrido en la casa de la señora. Su cuerpo estaba tirado en la sala, envuelto en joyas y con sus mejores ropas, pero sin una sola gota de sangre que lo ensuciara.
Nadie en la casa sabía que pasó. Los detectives interrogaron a todo el personal de limpieza, que era el único que pudo oír o ser testigo del crimen. Informaron que la señora vivía sola, no tenía empleada que viviera ahí ni hijos. Ellos venían una vez por semana a poner la casa impecable y era justo ese día; pero nadie había visto nada.
Los detectives tampoco lograron extraer datos del testimonio de los vecinos. Estos no habían escuchado nada en toda la noche y buena parte de ellos, ni siquiera conocía a la señora. Su casa estaba aislada del barrio, envuelta en matorrales muy altos y árboles frondosos, en la mitad de un extenso jardín y rodeada de muros muy altos.
Del mismo modo, no había nadie de quién se haya tenido noticia que haya visitado a la señora. No era sociable ni le gustaba que vaya su familia a verla. Ella siempre decía que para eso tenía pies, que iba a verlos cuando ella tenía ganas, nadie podía ir a verla y que ella les abra la puerta.
El cuerpo fue encontrado en la mitad de la sala, con el teléfono en la mano. Revisando las listas de llamadas, los detectives encontraron que había varias realizadas de las casas de los vecinos y eran de segundos. Los interrogaron sobre esta nueva información y ellos no sabían que había ocurrido. El equipo policiaco investigó la hora específica de las llamadas y estas coincidían con la hora de la muerte. Además se investigó acerca de las rutinas que tuvieron esos días todos los vecinos.
Sus hijos estaban de vacaciones, tenían la mayoría aproximadamente la misma edad y se juntaban en casa del mayor del grupo a jugar. Los detectives cruzaron la información de estas reuniones con la hora de la muerte y las llamadas de segundos. Salió a relucir que coincidían.
Se llevaron a los niños para interrogarlos. Después de dos horas de preguntas, sin haber sacado ningún dato coherente o de ayuda para resolver el caso, los niños comenzaron a mostrarse asustados y a llorar. Sin embargo, uno de ellos dijo que él hablaría.
Dijo que la señora les daba miedo, metida en su casa oscura, sin salir para nada y sin que nadie la visite. Cuando se acercaban a su puerta, después de saltar el muro de la entrada, a ella le encantaba asustarlos con los animales disecados que tenía de adorno. Así que ellos decidieron que ya bastaba el susto y desde hacía días que la llamaban y con voz tenebrosa la asustaban de la misma forma que ella hacía con ellos.
Hubo un día que se les ocurrió llevar a un niño que hacía unos ruidos muy parecidos a un perro enojado. Como en la casa donde estaban no había nadie, podían gritar cuanto quisieran y lograron imitar a la perfección a un grupo de perros hambrientos acercándose a la señora. Ella no sabría diferenciar si los perros estaban delante de ella o al final del cable del teléfono. Lo único que les salió mal de la broma fue que ella no gritó.
Cada uno se concentra en su plato. Bruno pone sobre el tenedor un poco de arroz ,pero la mitad se le cae a medio camino a la boca y Ainara se ríe. Él cierra un poco sus ojos, mostrando al parecer enfado. Agarra de nuevo otro montoncito, lo baña de jugo y se lo come rápidamente. Mis felicitaciones al Chef –comenta él. Tienes razón, este plato esta delicioso –asiente ella, bebiendo de su copa y mezclando la miel con el vino. Levanta los ojos, los cierra y siente el sabor, deleitándose con el placer de sus sentidos. Cada parte del plato tiene un color y cada sabor un matiz, juntos hacen una gama combinada de texturas intangibles que sobrepasa la capacidad de cada sentido por separado, haciendo un carnaval de contrastes cuyo descubrimiento antes era ajeno y ahora se hace suyo. Por eso te invité a este lugar –dice Bruno, sacándola de sus pensamientos- Sabía que te gustaría. Realmente sí, ¿Cómo lo conoces? –le pregunta ella. Unos amigos me trajeron hace poco tiempo y quería compartir el deleite contigo –dice él mirándola y tras una risa breve sonríe. Por lo visto te encantó la comida, lo digo por la expresión de autentico placer que haces durar con cada bocado –dice él, demostrando cuanto le gusta verla. Ella ríe, mirando hacia su plato. Más que nada vine por estar contigo –dice Ainara levantando la cabeza, con la cabeza hacia un lado. Él no sabe que decir, sigue comiendo mientras piensa. Desde hoy te necesito conmigo –lo piensa pero no lo dice, quiere hacerlo pero algo se lo impide. Se acerca la copa de vino a la boca y bebe un trago largo. Ella supone que es lo que está pensando y sonríe. Su frase tuvo efecto que ella quería. Ambos están terminando su plato. Comen en silencio.
La noche avanza, la gente se va yendo y el restaurante se va vaciando, pero ellos no se dan cuenta. Siguen en su juego de miradas y silencios llenos de frases no expresadas. La música sitúa ambos cuerpos en un universo paralelo donde solo ellos dos existen, como dos continentes separados por un mar de sabores que seducen hasta llegar a un final de la historia con cada último grano de arroz y fruto de mar complaciendo las exigencias impuestas por el bocado anterior. Y entonces, al terminar de comer, el molesto silencio, otrora delicioso, deja sentir su peso y muestra que las palabras deben ser dichas. ¿Deseas postre? –dice Bruno, rompiendo el incomodo mutismo. Creo que no, realmente estoy más que satisfecha –dice ella, recostándose en la silla. Un cafecito para estimular la digestión ¿sirve para eso no? –propone él. Creo que no, muchas gracias de todos modos –le dice ella, viendo las mesas contiguas –Casi no hay nadie en este lugar y me parece que ya se hizo tarde. Tienes razón, mañana todavía tenemos trabajo –agrega él- ¿Nos vamos? Está bien -dice, ella levantándose. Alza su saco del respaldar de la silla pero se queda parada. ¿Te viniste en automóvil? –pregunta él, esperando que no, para llevarla a su casa y alargar el tiempo que pueden estar juntos a solas. No, se quedó sin gasolina –dice ella sonriendo- por eso fue que me tarde en llegar, no arrancaba. Muy bien, te llevo entonces –dice él, sonriendo.
En el camino no hablan, cada uno está metido en su propio divagar por lo acontecido en la velada. Ainara sabe que ahí comenzó algo y espera que continúe bien. Bruno trata de calmarse, pues la tormenta de sensaciones tanto ahí como durante la cena, entre ellos dos y la comida misma lo tienen excitado y prefiere aparentar tranquilidad, para no llevar las cosas muy de prisa. Llegan a la casa de Ainara.
Bueno, llegamos –dice él, con la mirada hacia delante pero después se vuelca y la mira – ¿Te gustó la comida, el restaurante, la velada –sonríe con picardía- mi compañía? Fue una noche de lo mejor, todo lo que dices estuvo estupendo. Se acerca y le da un beso en la mejilla casi en la comisura de los labios. Me siento como colegiala -dice ella, muy cerca de su oído y riendo con inocencia- tú sabes por que… –y deja lo demás en suspenso. Buenas noches, te veo mañana y lo digo de nuevo, gracias por la velada -se despide ella. Buenas noches a ti –dice él, sonriendo. Ainara se baja del automóvil y mientras camina hacia la reja de entrada a su casa, sonríe contenta, aún saboreando lo que ninguno quiso decir. La noche dejó abierto el silencio, que a veces, permite decir más que las palabras.
Este es un cuento de
hace varios cientos de lunas atrás,
que ojalá puedan degustar..
Su vino se está acabando. Él mira el reloj a cada minuto, por si acaso el tiempo se acorta o pasa más rápido. No puede continuar ahí, está nervioso. Ainara lleva 20 minutos de retraso y a Bruno se lo están comiendo los nervios. Sus pies se mueven de un lado para el otro y su mano recorre los bordes de la copa. Dispone sus pies para pararse y emprender la huida. Prefiere pensar en que se fue con el orgullo en alto, pero claro, eso es a futuro. Ve pasar a la camarera y le pide la cuenta. Entonces, justo cuando ella le dice que en un momento se la traen, con un rápido movimiento de sus manos, ve por detrás la sombra proyectada de una silueta conocida, justo de la que estaba escapando. Ahí está ella, atravesando sus ojos. Sus manos están cruzadas, los brazos rectos sobre su vestido negro. Camina hacia él, mirándolo a los ojos y sonriendo. Bruno no puede hablar, ella está hermosa. Se acerca a la mesa. Disculpa por la tardanza -dice lentamente, pronunciando bien cada sílaba -No, no… no te levantes. Se aproxima a su cara y le da un beso en la mejilla, más cerca de la boca que de costumbre. Se sienta frente a él y sonríe. Estás hermosa –dice Bruno de forma entrecortada. Lo digo en realidad, estás bella –por si acaso no había sido entendible lo anterior. Ainara sonríe –Gracias. Ambos se miran a los ojos, adivinando cada frase que nunca dirán o por lo menos creyendo que pueden. La mesera interrumpe la transmisión de pensamientos. Por lo visto ya no quiere irse, ¿o sí? –Sonríe- ¿Le traigo el menú? Claro, claro –responde él.
Empieza una charla sobre el trabajo, como estuvo el día de cada uno, nada relevante en realidad. Solo las miradas dicen las cosas importantes pero sobre ellos dos. Ven el menú y piden primero una botella de vino. Rosado- le dice ella. Un Mateus Rosé, por favor –pide él.
Mientras traen el vino ambos leen –en apariencia- el menú. ¿Qué deseas comer? –le pregunta Bruno sin mirarla, a lo que Ainara responde que no apure tanto las cosas, que charlen un rato... Ahí se le cae la voz y él la mira - Deseo tus labios - piensa. Le traen la botella, Bruno la destapa y sirve primero la copa de ella, mientras Ainara lo observa. Si las miradas hablaran aquí ya se hubiera escrito un libro, cuatro bocas que conversan al unísono. Ella saborea el vino, dulce como le gusta, se pasa la lengua por los labios mientras siente su delicado sabor a frutas, sabe que Bruno mira mientras lo disfruta y a la vez Ainara disfruta que Bruno la mire. Beben sin decir palabra. Él pide algo para picar mientras deciden que comerán, una tablita para dos. Al momento se la traen. Todo está cortado tan pequeñito que parece que solo con mirarlo puede ser comido y el tenedor es demasiado grande como para agarrar algo sin que se escape, ambos usan sus dedos justo para que las manos se choquen cuando tratan de agarrar algún pedazo. Van acabando con las porciones del queso, jugoso y a la vez de seco sabor; también con las pocas aceitunas y las rodajas de salame, salado y algo picante con un ligero toque dulzón. Ambos miran una última aceituna, solitaria y brillante, con un minúsculo pedacito rojo en la punta, seductora como diciendo –Quiero enseñar lo demás pero tendrás que verlo por ti mismo- y ambos llevan su mano al ataque, sin mirar al contrincante ni pensar siquiera en que la mano del otro va en busca del botín de guerra. En el último segundo, ella lo ve, lo engaña con una mirada y atrapa el trofeo de su victoria. Bruno sabe solo para él que mil veces prefería ser vencido y verla pasear la aceituna por esos labios que otras tantas veces se imagino besando. Gracias –dice ella- gracias por esta noche. No hay gracias que valga, yo también estoy aquí y sabes bien que lo estoy disfrutando –dice él.
Se acerca la camarera. ¿Desean ordenar? –pregunta, con la mano lista para anotar. Bruno la mira, Ainara asiente. Veamos… Ordena primero tú –le pide él. Langostinos a la caribeña –dice ella, sonriendo, con las manos cruzadas sobre la carta. Que sean dos, por favor –dice él bajando la cabeza hacia un lado- Nada más por el momento, gracias. La camarera se va de prisa. Muy buena elección, ese plato es exquisito, ya lo probarás –dice Bruno sin apartar los ojos de la carta pero viéndola de reojo, fascinado con sus labios.
Se impone el silencio, ninguno sabe como empezar o continuar la charla. Él quiere decirle algo, pero no puede encontrar el valor que precisa para decir lo que, cree, ella ya sabe. ¿Dónde se metió, cuando más lo necesito? Después de un momento, habla ahora o calla para siempre: Sabes que me gustas ¿no? y debo decir… mucho… –dice, bajando con lo último un poco la voz pero aún así sorprendido de que se haya atrevido por fin. Ella sonríe y mira sus manos. Si, lo sé bien –dice, jugando con sus dedos. Separa una mano y agarra la copa de vino y acercándola a sus labios, lo mira fijamente. Solo los moja, para saborear ese gusto exquisito acompañado de un suave y dulce olor, que se va mezclando con la excitación de ver la mano de él acercándose a su propia boca y recorriendo su extensión.
Sin embargo, ese instante mágico termina, traen los platos. La camarera sitúa frente a Ainara el suyo, sugestivo a simple vista. Los langostinos brillantes, tostados ligeramente, con una ramita de perejil encima, como la rama de un árbol, y una pequeña porción de arroz blanco, como un copo de nieve, a un lado. El aroma, mejor dicho la fragancia de la miel mezclada con el olor a mar, esa composición única de sabores la envuelve sutilmente. Tan solo con eso siente un sabor dulce en la boca, ligero y especial. Extiende la mano y del plato de él, para provocarlo, saca un langostino por la cola con dos dedos y lo levanta un poco. Sus dedos están empapados en jugo caliente, de color café, que va cayendo en el mantel. Recién después de robarlo pregunta, de modo desafiante -¿Puedo?- llevándolo a su boca para recibir el tentador producto de mar. Sin esperar respuesta cierra sus ojos por un instante para jugar con su lengua, saboreándolo. Él se recuesta en su silla y la mira, nada más, -Adelante, sigue nomás- sonríe y extiende la mano, llevándola para un lado. No debí hacer eso, perdón – ella se tapa la cara con la servilleta. No hay por que el perdón, es solo un juego. Él acerca su mano a la de ella sobre la mesa, la acaricia pasando sus dedos por el dorso suavemente. ¿Que te parece si comemos?, esto se enfriará – dice ella al retirar su mano después de un instante. Claro, claro, comamos.
Desde el automóvil, la carretera no parecía peligrosa. La tormenta había pasado y las luces ahora estaban todas encendidas, así que podía ver perfectamente bien quién venía del otro lado. Andrés estaba sentado en el asiento del conductor y debía estar despierto toda la noche, haciendo su trabajo
Esos últimos días para él no habían sido muy entretenidos y en sí, su trabajo no lo era. Estar todo el día sentado, anotando las marcas y modelos de los automóviles que pasan. De acuerdo a la época del año en sí,Andrés sabía que no habría muchos conductores en la carretera, era época baja. Todo mundo se queda en casa o trabajando en la ciudad, y más aun de noche, no había mucha gente que quisiera desplazarse hacia las ciudades más pequeñas del departamento, salvo los campesinos o los dueños de las casas de campo. No había turismo en esta época. Aquellas en que a la gente le gusta viajar, podía verse parejas en los autos, a veces peleándose en pleno camino o a veces mostrando su gran amor. Habían veces que pasaban familias enteras con muchos niños pequeños en autos aún mas pequeños, todos gritando o llorando, los padres queriendo estrangularlos y los abuelos durmiendo su siesta. Sin embargo, ahora nada de eso. En la última hora sólo habían pasado tres vacas y un auto empujado por el conductor.
Encima de todo, el día entero estuvo lloviendo. La poca gente que por allí pasaba debía estar escondida en su casa. Además, mas allá había habido un derrumbe así que los autos pasaban a cuentagotas. En el día sólo habían estado pasando automóviles, ningún camión y tampoco ningún trailer.
De repente, la tormenta empezó muy fuerte y el sonido del agua estaba haciendo que Andrés se durmiera. Súbitamente, oyó un ruido raro a su lado, eso lo despertó. Alguien o algo estaba rasguñando la puerta del costado del automóvil. Después de unos segundos, el ruido cesó. Después de unos minutos, comenzaron en la parte de atrás. Eran unos ruidos limpios y muy pausados, como si con una sola garra hicieran una línea delgada en la pintura del auto. Andrés se quedó en su asiento, muy asustado. Días atrás le habían advertido que eso podía ocurrir.
Andrés tenía los ojos cerrados y estaba esperando que el animal dejara de asustarlo. Los abrió y se dio cuenta que el automóvil estaba mal ubicado, con mas de la mitad en la carretera. Quiso encenderlo pero empezó a oír que el ruido venía desde el motor. Trato de hacer contacto pero el auto parecía muerto. Comenzó a asustarse. Si había un animal en el motor, sería fácil que entrara al interior del auto. El ruido comenzó a hacerse más fuerte.
De repente, una luz lo encegueció. Era una luz blanca y venía acompañada de un sonido muy intenso. Duró unos pocos segundos y Andrés se quedó paralizado, no podía moverse y la luz lo envolvió. Andrés cerró los ojos de nuevo. Al abrirlos, vio que todo estaba de color normal. Vio para atrás de la carretera y había un trailer alejándose. Suspiro aliviado.
Lo que había en el motor hizo que éste no encendiera. Andrés se bajó para examinarlo. Sin darse cuenta, estaba parado de espaldas, a la mitad de la carretera, con la tormenta sobre sí. Oyó de nuevo el mismo ruido pero esta vez más fuerte y más cerca de él. Igual que antes, el ruido más la luz lo envolvió. Sólo oyó un grito suave. Quizás haya sido el propio.
Supe que la amaba al momento que vi sus manos descubiertas, sin herirse con los guijarros a la orilla del lago ni sentir el frío que penetraba los huesos. Aquel rostro de niña hizo que mi vista no la perdiera un segundo. Observaba la paz que flotaba en sus ojos, traté de seguir el camino que señalaba aquellos dos espacios de piel, cubiertos sólo por el manto invisible de su mundo. Me parecía que deseaba detener el viento, hacer suyas las hojas secas del árbol que volaban cerca al suelo. Se mantenía concentrada en ese movimiento. Era una pequeña muñeca, no sonreía, sólo miraba hacia adelante.
De repente, agarró una hoja, la acercó a la mano de su mamá y la paseó suavemente. Nada podía quebrar el encanto mágico de una hoja seca moviéndose. Me pareció que dejó de respirar, para no romper el instante y por supuesto, la hoja, como si fuera de cristal o porcelana. Se mantuvo quieta, de rodillas, dejó la hoja en el suelo y agarró otra de otro árbol. Esta vez se alejó y se puso a dar vueltas, con la nueva hoja entre sus dedos y sobre su cabeza. Después de un momento se paró en seco y soltó la hoja. Se lanzó al suelo y se quedó ahí, moviéndose a su propio ritmo. Abría y cerraba los labios como cantando una canción, pero algo me dijo que no sabía hablar.
Me quede estática, mirándola. No supe que hacer, quería ir a levantarla, hacerla hablar, gritar, cantar. No podía creer que habiendo tantos juegos en el parque, se quedara jugando sólo con las hojas de un árbol muerto. El frío que hacía no le importaba, el viento helado sólo servía para mover más las hojas. Cuando, al parecer, empezó a sentirlo y busco a su mamá, solamente lo hizo con la mirada. Parecía que así no la encontrara, no pediría ayuda, no gritaría, no lloraría. Sólo se quedaría quieta, esperando que ella la viera. Y así pasó, por unos segundos. No necesitó avisar que la buscaba para que su madre se le aproximada, poniéndole un abrigo y frotándole los brazos. Creí oír que le dijo que se vayan pero la niña no mostró respuesta y sólo se fue corriendo a jugar al lado de otro árbol seco.
Paró su carrera muy cerca de mí, pero ni siquiera me miró. No me preguntó si quería jugar con ella. No me hizo saber que usaría mi camión como balde para los ladrillos de hojas ni mis muñecas como pilares para un extraño castillo que construyó.
No pude moverme, nada más la miraba. Cada vez se fue apegando más a mí, hasta quedar a unos centímetros de distancia, pero nunca me miró. Creo que cuando sintió que yo era la que se estaba moviendo hacia ella se asustó y quiso salir corriendo. Por suerte, algo me dijo que lo haría y estiré mi mano hasta tocar la suya. Percibí una extraña reacción entre ella y el toque de mis dedos sobre sus manos. Sólo fue un segundo pero pude ver pequeñas descargas eléctricas, minúsculas, apenas perceptibles. Ese instante fue eterno, y duró hasta que se dio cuenta de que lo que la estaba tocando no era una hoja sino una mano, que no era suya. Retiró su brazo con fuerza y como pasaba siempre, se fue corriendo.
El instante que pude tocarla y meterme en su mundo duró muy poco, pero fue tiempo suficiente para recordarla tal cual la vi. No sé si habrá tenido conciencia del efecto que produjo, sinceramente no lo creo. Ahora, ella queda en mí como lo que fue allí, una pequeña muñecaque no quebraba las hojas secas de los árboles muertos sino les daba vida, bailaba con ellas.
Aquí tienen un silencio renovado... desde otro ángulo la boca cierra, la mente abre o la boca calla pero los dedos gritan. Con tal motivo, dejo a su consideración este pequeño relato, que toca de cierta forma el motivo para que hayan corrido vientos nuevos por acá..
“La razón, para ser razonable, debe verse a sí misma con los ojos de una locura irónica”
Erasmo de Rótterdam
Ella no está en este mundo. Su cuerpo no le pertenece. Mira sus manos y las ve extrañas. Siente que nunca las ha visto antes. Se para y mira su cuerpo frente al espejo. No se reconoce. Toca su imagen y siente lo que está viendo, sólo un reflejo frío de alguien que esta parado frente a ella que, sin embargo y recién después, sabe que conoce.
Observa a su alrededor. A pesar de conocer la habitación, siente que es nueva para ella. No encuentra familiares los rincones o los muebles, ni siquiera el piso estuvo antes bajo sus pies. Todo es ajeno.
Las paredes negras a su alrededor la aprisionan. Las ventanas la engañan, en realidad no existen. La puerta está pintada en la pared. ¿Cómo estoy dices? Nadie había querido saberlo antes. Nadie oye sus gritos mudos ni sus arañazos sordos. Ella no habla, se llama Ana, ella no habla.
Los muros no impiden que pueda pensar más allá. Ella no está en el cuarto que ellos encierran. No está en aquellas paredes negruzcas ni como extensión de sus pies. No está detrás de sus ojos. Ella es todo eso. Las cosas no están fuera sino que están en sus ojos, bajo sus manos y entre su aire.
Ahora, el mundo no es ella. El infinito de espejos que la adormilan se deforman cuando fija la mirada en el nuevo escenario. Sin embargo, la tarea de la tarde será hacerlo suyo, introducirlo con su mirada y su tacto. Debe construir colores con sabores poéticos y fijar su pensamiento en un punto remoto, cercano o lejano pero suyo.
Quien sostenía el arma entre sus ojos le dijo que imitara a la demás gente, que se tirara al piso y así lo hizo, puso las manos en la cabeza y esperó, mirando de cuando en cuando que pasaba en la caja.
Todo fue normal, el asaltante con la pistola frente a la cajera le hizo sacar el dinero de la caja y lo guardó en un bolso.
Joaquín no quiso quedarse estático en el piso, el peligro de que le dispararan aunque sea por accidente era demasiado. Entonces resolvió que el momento que el asaltante dejara de vigilar a sus rehenes, saldría de ahí y se escondería en otro lado, fuera del peligro.
Así haya sido un robo pacifico, de un robo igual se trataba. El asaltante sacó la pistola de la frente de la cajera y la dirigió de nuevo hacia la gente en el piso. Gritaba algo ininteligible, quizás por la chamarra demasiado grande y gruesa que llevaba puesta, con el cuello que le tapaba la boca o porque las órdenes que daba eran contradictorias y no se sabía bien a quién iban dirigidas.
Vigilando que nadie lo viera, se pasaba el tiempo. La cajera estaba terminando de vaciar el dinero en la bolsa, y por suerte se demoró al sacar los billetes mas chicos, el asaltante se enojó por la tardanza y se dio la vuelta completamente, dejando el camino libre a Joaquín, que se apresuró a salir corriendo a su escondite, quedándose parado detrás de un estante lleno de enlatados.
El robo terminó, el asaltante salió corriendo, dejando a la gente en el piso y a Joaquín escondido. Pero como despedida, disparó dos veces al aire. Se oyó una explosión en la sección de comidas en conserva, una lata de arvejas recibió el primer disparo.
Joaquín se quedo parado en su escondite, no salió de atrás del estante hasta que todo se calmó. Cuando lo hizo, vio a varias personas mirando estupefactas su pecho. Hasta ese momento no había sentido absolutamente nada, le parecía raro que observaran de esa manera donde no había nada. Él miró hacia abajo, para ver lo que miraban. Tenía un hueco en su pecho, pero nada más Joaquín descubrió que él había sido quien recibió el segundo disparo. Hizo memoria si es que había sentido algo, pero no, la bala había entrado silenciosamente en su cuerpo y pareciera que así quería quedarse, sin hacer mucho escándalo. Solo un momento después de haberlo notado, Joaquín sintió que la herida sangraba. Eso era lo extraño, fueron más o menos 5 minutos después del impacto de bala que recién sintió lo que había provocado éste. Sangraba a mares y un dolor punzante le hizo caer. Se llevó la mano al pecho, al lugar del disparo y entonces sintió que la vida se le escurría como un mar y eso realmente dolía; él trataba en vano de contener la sangre con las manos pero estas se le inundaban.
La gente a su alrededor comenzó a querer socorrerlo, unos lo ayudaban tomándolo de los brazos tratando de levantarlo, otros se miraban sin saber que hacer, impresionados por la cantidad de sangre que salía de la herida. Llamaron al hospital, para que viniera una ambulancia. Esta tardaría un poco porque el hospital queda al otro lado del pueblo, pero no demasiado por ser domingo en la mañana.
Pasaban los minutos, no llegaba la ambulancia y Joaquín se desangraba. Después de unos minutos a su alrededor se había formado un gran charco rojo oscuro.
Conforme la vida lo abandonaba, iba sintiéndose cada vez mas débil; ni siquiera podía abrir los ojos o respirar algo más que el aire que estaba rodenado su nariz. En vano venía la ambulancia, él sabía que moriría. En su mente se agolpaban las ideas.
Joaquín recordó a su abuelo. Él construyó una infinidad de castillos en el aire, vivió en muchos de ellos pero abandonó otros aquí en la tierra. En uno de ellos estaba su familia. Conoció el mundo entero, con su baúl como acompañante, pero no sabía el nombre de sus hijos, y cuando por casualidad se enteró que tenía nietos, ellos ya habían crecido en su ausencia. Cuando se dio cuenta que había personas a las cuales él les importaba, era demasiado tarde. El tiempo pasó y poco a poco todos sus castillos se fueron derrumbando. El abuelo murió, viejo y solo, con un baúl de recuerdos por familia y su propia familia en una fotografía guardada en un baúl. Joaquín recién ahora se dio cuenta por qué del vinculo que creyó sentir con su abuelo, él estaba solo y Joaquín también, ambos nunca tuvieron familia por distintas razones o quizá por la misma, que ambos no tuvieron el poder de decisión sobre quien formaría parte de ella. Era un lazo que en realidad no existía, solo Joaquín lo imaginó y terminó creyéndolo real. Sintió que no hubiera podido nunca compararse a su abuelo, con una vida que siempre envidió.
Se llevó de nuevo la mano a la herida, sentía como las ultimas gotas de sangre que quedaban dentro suyo iban saliendo de su cuerpo, las únicas que lo mantenían vivo. Vio la muerte acercarse, la esperó impaciente, quería que esto acabara. Trató de mover los brazos hacia adelante para alcanzar una mano que creyó ver cerca suyo pero solo logró levantar un dedo unos segundos, la decisión no era suficiente como para poder traer la fuerza de vuelta hacia él. Su mirada estaba perdida en el horizonte, dirigida hacia la nada. Sintió que lo que quedaba de vida en el cuerpo se iba.
La gente a su alrededor no se dio cuenta del segundo exacto en que Joaquín murió. Sus ojos permanecieron abiertos, mirando al horizonte. La sangre dejó se salir de su cuerpo, su corazón dejó de latir. Alguien le tocó la cara, se encontraba muy caliente, como si hubiera muerto afiebrado.
Nada ocurrió en ese instante. El mundo no cambió de color. El rostro de Joaquín se volvió gris y quienes estuvieron hasta cuando murió se empaparon en sangre, volviéndose rojos, pero nada más. No había nadie que recordara quien era Joaquín o que era lo que hacía ahí. Siempre fue gris su vida. Nadie pudo hallar en sus recuerdos una imagen guardada del hombre que murió, solamente queda en la memoria un cuadro muerto.
Porque lo que de la mente sale es pensamiento con base, y la mente puede ser condicionada, soy capaz de encontrar miles de sentidos a estas palabras. Su versión original existió porque tengo pasado y la que leyeron fue gracias a que pude verlo y rehacer las cosas; no diré que una es mejor que la otra, son diferentes los momentos, uds. interpreten: en la primera el abuelo era un fantasma de paso por el baúl y en esta el abuelo creyó que tal artefacto era su familia. Y así, los cambios se fueron dando como catarsis del calendario...
Joaquín se perdió una vez más en sus pensamientos, como pasaba siempre que encontraba esa fotografía. Por eso, se forzó a si mismo a volver a la realidad, al lugar donde estaba y a lo que estaba haciendo. . Retomó la búsqueda de su agenda, necesitaba hallarla para saber si tenía algo pendiente en el trabajo. La localizó en el fondo de un cajón y empezó a hojearla. Encontró la lista de cosas que era mejor que hiciera para el día siguiente, para adelantar trabajo y ganar tiempo.
Tenía solo dos pendientes, cosas realmente simples para tener que ocupar todo el día en eso. Se sintió defraudado y culpable al mismo tiempo, pues de haber considerado que eran cosas fáciles, no hubiera desperdiciado su domingo en algo de lo que no sacaría demasiado provecho.
Sintiéndose así, empezó a ver que haría con el tiempo que le vendría sobrando en el largo transcurso del día. Primero iría a comprar algo de comer y al volver, pensaría que más hacer.
Salió del estudio, se dirigió a su cuarto y fue hacia el vestidor. Empezó a buscar algo que ponerse para salir hacia la tienda del barrio. Lo primero que encontró en su camino fue la ropa que llevaba puesta el sábado. Eso no importaba pues solo andaría dos cuadras siempre desiertas por ser domingo. Se sacó el pijama, lo puso en el tacho de ropa sucia y empezó a vestirse. Se puso primero la camisa, abotonándola con lentitud, mientras pensaba en lo que compraría. La ansiedad que sentía hace un momento se le había calmado, pero solo pensar que volvería a estar así después le hizo ir más rápido. Se puso el pantalón, miró hacia el suelo, buscando un par de zapatos y encontró un par de zapatillas deportivas. Buscó un par de calcetines en la gaveta y al tratar de ponérselos estando de pie, perdió el equilibrio y cayó al suelo, golpeándose con fuerza. Maldijo su pésimo equilibrio. Aún estando en el suelo, se puso el que faltaba, después las zapatillas y amarró los cordones. Se levantó y se acomodó el pantalón.
Salió del vestidor, y al dirigirse a la puerta, pasó frente a una mesita con un espejo, otro más. Se vio y se dijo a si mismo que mejor sería si se peinaba un poco. Volvió al baño, abrió el mueble al lado de la tina y encontró un peine. Se dio una pasada por el cabello intentando acomodarlo un poco, pero como lo tenía demasiado alborotado, en realidad no logró hacer mucho.
Volvió al pasillo, pero se detuvo en la puerta de su cuarto y le echó una última mirada, como todos los domingos estaba demasiado desordenado. Caminó hacia la puerta, la abrió y salió de la casa. Se volvió para cerrarla con llave. Sin razón aparente, frente a la puerta, alzó la mirada y halló que la luz que iluminaba la galería de entrada se encontraba encendida. Pensó que después la apagaría.
.
Se dirigió al micromercado del barrio. Caminaba lentamente, con las manos en los bolsillos, pensando en lo que haría con los dos trabajos que tenía pendientes. Pero volvió a pensar en la fotografía; ¿Por qué la encontraba justo ahora? Él sabía que no dejaría de pensar en eso en todo el día, sin embargo intentó distraer su mente en cosas del trabajo, en la gente que le faltaba por contactar o en cualquier otra cosa.
.
Llegó sin darse cuenta. Entró y vio a una niña en el mostrador, comprando víveres, quizás para el almuerzo de su familia, pensó él. Al pasar frente a los carritos de compras, sacó uno y caminó en línea recta hacia la sección de galletas. Escogió dos paquetes de galletas de vainilla, su debilidad, los puso en el carro y siguió andando. Pensaba en qué almorzaría, se decidió por una comida congelada, por que no tenía muchas ganas de estar cocinando para si mismo demasiado rato y eso era lo mas fácil de hacer. Fue hacia uno de los congeladores abiertos. Escogió una que por la tapa le pareció apetitosa.
Como no había sacado mucho dinero, no quiso ceder a la tentación de seguir mirando cosas que bien sabia que no le alcanzaría para comprar. Enfiló hacia el mostrador donde estaba la caja.
Joaquín se puso en la cola para pagar. Apoyó la frente en su brazo, sobre el carrito, mirando al suelo. Recordó que hoy era cumpleaños de su tía y que no podría eludir la llamada de felicitación. De solo pensar en eso sintió cansancio, escuchar a su tía y a su made repitiendo lo mismo de siempre y él siempre pensando lo mismo: cuando iría –nunca-, cuando mandaría fotos –nunca-, cuando ayudaría con la casa –nunca-. No les decía lo que pensaba (o sea el nunca) inventaba pretextos y excusas sin mucho sentido.
.
De lejos, en el exterior se oía un tumulto, pero solo cuando se hizo demasiado fuerte para seguir pensando, le presto atención. Al levantar la cabeza, no vio a nadie, pero Joaquín oyó un susurro. Bajo la mirada y halló a toda la gente tirada en el piso, con las manos en la cabeza. Miró hacia adelante, extrañado. Lo primero que vio fue un arma justo en frente de sus ojos. Unió todos los elementos, arma frente a él, gente en el suelo, murmullos y llegó a la conclusión de que era un asalto.
Este fue el primer cuento que escribí, hace unos 6 años y lo pongo aquí para que no muera en mi pasado. Es un poco largo, por eso lo dividí en tres partes. Aquí les va la primera...
Joaquín despertó a las 7 de la mañana, con un sabor de boca de los mil demonios. Abrió los ojos, se sentó en la cama, dirigió su vista hacia adelante y observó en el espejo al frente de la cama la imagen de un hombre despeinado y ojeroso, que no correspondía exactamente con la imagen de sí mismo que tenía en mente. . Decidió levantarse. Respiró hondo y se volcó, todavía sentado pero con los pies colgando de la cama. Empezó a buscar sus pantuflas pero no las encontraba. Se resignó a tener que agacharse y mirar debajo de la cama. Al hacerlo, vio la izquierda casi al borde, cerca de donde había estado su pie y la derecha al otro extremo. Se puso la que pudo agarrar y dio la vuelta, se agachó y agarró la pantufla perdida. . Recién después de la búsqueda se dio cuenta que ese día era domingo, por lo tanto el periódico no llegaría temprano. De todos modos ya no podría dormir. Caminó al baño y se miró de cerca al espejo sobre el lavabo. Sus ojeras tenían un tamaño descomunal, y su cara estaba algo pálida.
Terminó de hacer lo que hacía cada mañana después de levantarse, o como él le llamaba "actividades post despertada", en el baño y se trasladó a la cocina, para desayunar. Al irse acercando le empezó a estrujar en el estomago un hambre sin razón ni grito, solo como murmullo incansable. Llegó y fue directo a la nevera y al abrirla una corriente helada le golpeó las piernas desnudas, las hizo erizarse. . Inspeccionó el interior. Nada fuera de lo normal para su hambre. Había agua por supuesto, algunos limones, unos pedazos de carne que alguna vez se llamaron bifes, resecándose poco a poco, al igual que un plato hondo lleno de unas tiritas de masa, llamadas comúnmente fideos, pero en el estado en el que se encontraban mejor se les decía tiritas de masa con apariencia de palitos. . Miró desconsolado todos los recovecos del refrigerador, con la esperanza de que algo le atrajera lo suficiente como para saciar al hambre que le devoraba las entrañas. Nada, no encontró absolutamente nada digno de ser ingerido. Cambió el lugar de búsqueda, fue hacia un aparador que tenía en medio de la pared del fondo de la cocina, diagonal a la nevera, que le servía como depósito de alimentos. Mas bien, fue hecho con este propósito, pero con el pasar del tiempo se lo fue olvidando y acabó siendo otro aparador lleno de cosas inservibles. : Joaquín no podía creerlo. Un ser humano vivía ahí, él mismo, y no encontraba ningún alimento, algo que calmara la ansiedad que últimamente sentía durante gran parte del día. Respiró hondo y se focalizó en calmar por si solo estas ganas locas de devorarse al mundo. Después de un rato logró hacerlo, o por lo menos pasarlas a un segundo plano.
Salió de la cocina y se dirigió al estudio. Al entrar a la habitación recordó lo que siempre se decía que recordaría después, hacer ampliar la habitación o dedicar su tiempo libre a ordenar el caos reinante en ese estudio. La cuestión está en que nunca puede recordarlo cuando debería y en ese momento no quería saber de nada.
Joaquín miró a su alrededor, evaluando: libros en los estantes del suelo al techo, un poco mal clasificados pero por lo menos acomodados -hasta ahí va bien-, dice Joaquín. Sin embargo el desastre se lo encuentra cuando baja un poco la mirada, en el suelo, en los esquineros, en los sillones, columnas de libros de todos los tamaños, colores, edades y grosores posibles; en fin, demasiados libros en todos los rincones del cuarto.
Se sintió cansado. No quiso pensar en ese desorden. Volcó la mirada, y vio su escritorio al centro del cuarto, con la ventana hacia la calle por detrás. Realmente es un mueble hermoso y lo que más resalta a la vista es que en la parte frontal tiene minuciosamente tallada una escena campestre y en las patas motivos florales; data del siglo XVIII y llegó a Joaquín como herencia de su abuelo. Se encuentra acompañado de dos sillones, que aunque solos resultan hermosos, se los ve sin relación con el escritorio, y demasiado recargados como para ser muebles de oficina. Están forrados casi por completo, de un tapiz color vino tinto, menos las patas. Detrás del escritorio, se ve un sillón de oficina, sencillo, moderno, en apariencia confortable, del tipo más común. Después de hacer la inspección rutinaria a sus papeles, y en busca de su agenda personal, Joaquín se llevó la sorpresa de encontrar algo que ya hacía rato había dado por perdido: una fotografía, antigua, en blanco y negro, ajada y maltratada, de un niño de 8 años visto de frente, con un saco demasiado grande para su edad y una expresión en la cara de aburrimiento y hastío.
Joaquín la obtuvo hace como 7 años cuando realizaba el inventario del contenido del baúl que el abuelo acarreaba a todas los lugares donde se mudaba. En ese momento no sabía quien era el niño en ella. Fue preguntando a toda su familia y nadie le daba razón, entonces le preguntó a su abuelo, padre de su madre, y este le dijo que era él mismo de niño. Casi todas las noches la recordaba, como primera imagen de cada sueño y por lo general sus sueños tenían alguna relación con ella. Algunas veces soñaba que era él quien la tomaba o, pocas veces, que es él mismo, de niño, quien posa para ella. Esa fotografía quedó para él como el único testigo vivo de quién fue su abuelo, por que el baúl nunca pudo decirle nada. Ni siquiera su familia lo recordaba bien. Nunca estuvo en los momentos que lo necesitaban, por eso, al final ya no se lo necesitó y dejaron de contarlo como miembro de la familia. Murió sorpresivamente, de un ataque cardiaco cuando Joaquín se hallaba estudiando en el exterior.
Ese baúl fue su único compañero durante muchos años, tantas veces dio la vuelta al mundo con él y aún se conservaba como nuevo, gracias a que el abuelo todos los días lo limpiaba pasándole un trapo semi-húmedo por todo el exterior y después otro seco, con algo de perfume y tres veces por semana le aplicaba betún.
Joaquín siempre sintió que ese abuelo viajero era la única persona que estaba ahí con él; sabía que eso resultaba incoherente y por eso nunca pudo aceptar que con nadie más en su familia encontrase la clase de vínculo que, solo por momentos, pensó que existía con su abuelo.